Marruecos tiene importantes ciudades de tradición árabe, enclaves costeros de inmensas playas, pueblos de montaña en la cordillera del Atlas… Pero sobre todo tiene gran parte de su territorio en el desierto del Sahara. ¿Cómo no va a fascinar a cualquier viajero la posibilidad de ver con sus propios ojos este mítico desierto? Esa pregunta nos hicimos nosotros y nos la respondimos aprovechando nuestro viaje a Marrakech para acercarnos desde allí al Sahara. Pero ojo, el desierto no está a la vuelta de la esquina, hay que recorrer cientos de kilómetros, así que decidimos dejarnos guiar por un auténtico bereber.

Desde Marrakech hay generalmente dos posibilidades para conocer el Sahara. Zagora es la parte del desierto más cercana (360 kilómetros), en un solo día es posible llegar, pero también la menos representativa de la imagen de dunas y arena que nos viene a la mente cuando pensamos en el Sahara. Esa foto la lograrás mejor en Merzouga, a cambio tendrás que desplazarte 560 kilómetros, pero créenos que merecerá la pena.

Nosotros contratamos una excursión en grupo guiada de 3 días hasta Merzouga, con la ventaja adicional planeada de que el camino al desierto tenía paradas casi tan interesantes como el propio Sahara. Y con la ventaja añadida sorpresa de que el conductor guía, Hassan, y el grupo de españoles con quienes convivimos estos 3 días, fueron un descubrimiento tan deslumbrante como la vista del desierto.

Cruzando la cordillera del Atlas en Marruecos

Cruzando la cordillera del Atlas en Marruecos

En el 4×4 de Hassan empezamos nuestro viaje cruzando la cordillera del Atlas por el increíble puerto de Tizi n’Tichka, de 2.260 metros de altura, y divisando pueblos enteros construidos con casas de barro, hasta llegar al Ksar de Ait Ben Haddou, un conjunto de Kasbahs (casas) declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que ha servido de escenario para muchas películas como Gladiator o Lawrence de Arabia o, más recientemente, para la serie Juego de Tronos (representando las ciudades de Yunkai y Pentos). En el ksar aún residen 7 familias, viviendo de un modo tradicional.

Ksar Ait Ben Hadu en Marruecos

Ksar Ait Ben Hadu en Marruecos

Continuamos por la Ruta de las Mil Kasbahs (que no son mil en realidad): así se conoce a la carretera entre el Gran Atlas y el Atlas sahariano, surcada por kasbahs de adobe, que en su día fueron castillos y fortificaciones que defendían a la población del ataque de las tribus saharianas. Hoy en día muchas están en ruinas, otras se han reconvertido en hoteles y en algunas siguen viviendo familias. Es el caso de Kasbah Amerhidil, una de la más antiguas (siglo XVII) y mejor conservadas. Aparece representada en el billete de 50 dirhams, como nos explicó el tuareg de ojos azules que nos guió por su interior (a cambio de un billete de 10 dirhams en concepto de entrada a la kasbah).

Kasbah Amerhidil, en la Ruta de las Mil Kasbahs

Kasbah Amerhidil, en la Ruta de las Mil Kasbahs

Tras cruzar el Valle del Roses llegamos ya de noche a las Gargantas del Dades. Nunca olvidaremos la visión a la mañana siguiente cuando, ya con luz, pudimos ver el lugar donde estaba enclavado el hotel donde nos alojamos, en el fondo del valle, rodeado de piedra. Estábamos en un profundo barranco de muchos metros de desnivel en el que la carretera serpenteaba entre las paredes rocosas.

Carretera en el Valle del Dades, Marruecos

Carretera en el Valle del Dades, Marruecos

Continuamos camino hacia las Gargantas del Todra, un cañón de piedra atravesado por el río del mismo nombre: laderas de roca de 300 metros de altura, separadas por tan sólo 10-20 metros en su parte más estrecha. Dejando atrás Erfoud, llegamos por fin a Merzouga, pueblo natal de nuestro guía Hassan y puerta de entrada al desierto.

Al atardecer cambiamos el 4×4 por los dromedarios para adentrarnos en las dunas en busca del campamento donde pasaríamos la noche. Cuando llegamos a la jaima ya había oscurecido y pudimos disfrutar del espectáculo del cielo estrellado en el desierto. Sin palabras. Cenamos un plato típico bereber, Hassan y su hermano cantaron y tocaron el tambor y subimos todos juntos a una duna echando carreras (¡qué difícil es correr por la arena duna arriba!). Fue una noche inolvidable, apenas dormimos por la emoción.

Dromedarios en el desierto de Merzouga

Dromedarios en el desierto de Merzouga

Pero si hay algo inolvidable en el desierto es el amanecer: muy temprano madrugamos y escalamos a la duna más alta que pudimos para ver la mayor extensión posible de desierto iluminándose progresivamente con la luz del sol. ¡Guau! El mejor amanecer de nuestras vidas.

Merzouga, desierto del Sahara en Marruecos

Merzouga, desierto del Sahara en Marruecos

Tras contemplar este momento único, volvimos a recorrer el desierto de vuelta al pueblo de Merzouga, retomamos el 4×4 y emprendimos el viaje de vuelta a Marrakech con estas imágenes imborrables en la memoria. Fueron muchas horas de coche atravesando ciudades y paisajes muy distintos, de los que el más impresionante fue el férfil valle del Draa, el más extenso de Marruecos, jalonado de oasis y palmerales verdes, en contraste con la tierra árida y rocosa de las montañas que lo rodean. Regado por el río Draa, el más largo del territorio marroquí, alberga a muchas familias dedicadas a la agricultura y sus dátiles tienen fama de ser los mejores del país.

Valle del Draa, con oasis, huertos y palmerales

Valle del Draa, con oasis, huertos y palmerales

Fue una pena no haber podido dedicarle más tiempo a este viaje: si tú vas y puedes elegir, invierte más de 3 días porque realmente lo agradecerás. Ver esta parte de Marruecos es, en nuestra opinión, mucho más interesante que las ciudades y medinas. ¡Volveríamos ahora mismo!

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Viajera, internetera, cinéfila, inquieta, 2.0

8 Comment on “Objetivo: el desierto del Sahara

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