La Semana Santa de 2026 cumplimos un viejo sueño viajero pendiente conociendo por fin uno de los lugares más icónicos de Francia: Monte Saint-Michel. Ésta es la historia de cómo lo organizamos y vivimos, en familia con una niña de 3 años.
Fuimos desde Madrid a París en vuelo directo con Iberia que, siendo fechas vacacionales, nos salieron bastante bien de precio. Llegamos al aeropuerto Orly y salimos de vuelta desde el aeropuerto Charles de Gaulle.
Alquilamos un coche para toda nuestra estancia en Francia, recogiéndolo en Orly a la llegada y devolviéndolo en Charles de Gaulle antes del regreso. En total fueron 530€ por 5 días en coche de gama media, con cambio de oficina de devolución, seguro total y silla para niños, alquilado en Hertz a través de Rentalcars.
Desde París eran unas 4 horas de carretera hasta Monte Saint-Michel. También condujimos más en torno a este lugar para conocer otros sitios destacados de la zona, así que contar con coche propio fue imprescindible para nosotros.

La primera noche nos alojamos en un hotel junto al aeropuerto de Orly, dado que nuestro vuelo llegaba a las 20:30 horas, suficientemente tarde como para no hacer gran cosa ya, con los horarios de nuestra hija de 3 años. Así pues, salimos hacia Monte Saint-Michel a la mañana siguiente, si bien recogimos el coche de alquiler nada más bajarnos del avión. Dormimos en el Ibis Budget Orly Rungis: 77€ por una habitación con cama doble y otra individual en litera y desayuno incluido. El hotel cumplió con su objetivo básico de cercanía al aeropuerto para una noche, no le pidas más.
En consecuencia, dispusimos a efectos prácticos de 4 días de road trip. El objetivo principal del viaje era conocer Monte Saint-Michel e incluso nos alojamos cerquísima, así que el (poco) tiempo que nos quedó disponible para visitar otros lugares, buscamos opciones próximas.
Cierto es que Saint-Michel pertenece a la región de Normandía pero está situado justo en su extremo occidental con lo que realmente quedan muy cerca, como sitios de interés, los de la vecina Bretaña. De ahí que, por tanto, este itinerario resultase mitad bretón, mitad normando.
Nos alojamos 3 noches en Gites les 2 Clos au pied du Mont, en una casa individual de 50 metros cuadrados con dos dormitorios dobles, cocina completa, baño, patio con barbacoa y espacio para aparcar en la puerta. Está en Portosson, a 8 kilómetros de Monte Saint-Michel. Desde la misma calle del apartamento hay vistas directas hacia Saint-Michel y una granja con ovejas que cada día pastan en los prados frente a la bahía de Saint-Michel.
Llegamos a nuestro alojamiento justo a la hora de la comida. Tomamos un almuerzo rápido de estilo bretón a base de gallettes salados y crepes dulces en La Gourmandise, en el mismo pueblo del apartamento. La comida fue correcta pero el jardín al que dan los ventanales del comedor y dónde Alaia pudo jugar sí es una joyita para familias. Descargamos el coche y rápidamente volvimos a la carretera para llegar a Dinan.
Dinan es una de las ciudades medievales más bellas y mejor conservadas de Francia y por ello tiene su propio artículo en este blog. Se fundó en el siglo X y durante la Edad Media alcanzó gran desarrollo gracias a su ubicación estratégica en varias vías comerciales hacia Flandes e Inglaterra. Y de aquellos siglos de prosperidad han llegado hasta hoy 3 kilómetros de murallas, un gran castillo, bellas calles adoquinadas y, sobre todo, más de 100 tradicionales casas de entramado de madera.
La mejor ruta para disfrutarlas parte del Puente Viejo y sube la Rue du Petit Fort hasta la Puerta du Jerzal, que conectaba en su día el puerto con la ciudad. Aquí comienza la Rue du Jerzual, donde los ricos comerciantes y mercaderes construyeron sus viviendas. Siguiendo esta calle te adentras en el centro histórico de Dinard, donde debes callejear pero intentar pasar por la Place des Merciers y la Place des Cordeliers. Si prefieres ver las casas de entramado de madera desde otra perspectiva, debes subir los 158 escalones de la Torre del Reloj, del siglo XV.
El edificio religioso principal de Dinan es la Iglesia de San Salvador, originariamente románica del siglo X, pero que sufrió modificaciones constantes durante los siglos posteriores hasta resultar en la actual mezcla de estilos que representa. Nos gustaron especialmente las modernas y coloridas vidrieras.
Detrás de esta iglesia está un bonito Jardín Inglés y un tramo de la muralla, desde donde se tiene una magnífica vista sobre el puerto y la parte baja de la ciudad.

Empezamos temprano el día que dedicaríamos al completo a la estrella del viaje, Monte Saint-Michel (y que tiene su propio artículo en este blog). Desafortunadamente la meteorología no nos acompañó: frío, viento, amenaza de lluvia y una luz terrible para sacar fotos. Un completo, vamos. La parte positiva es que había muy poca gente y pudimos recorrerlo super a gusto. Una por otra.
Al monte en si de Saint-Michel solo se puede llegar a pie o en lanzaderas gratuitas que parten de unos aparcamientos (de pago y carísimos) ubicados al otro lado de la bahía. Dada la cercanía de nuestro alojamiento, caminamos hasta el parking y tomamos el autobús. Salen constantemente frente al Centro de Información turística del aparcamiento y cruzan la bahía en apenas 15 minutos hasta la pasarela de acceso a Saint-Michel. Si decides ir andando, desde el mismo punto hay un sendero que lleva unos 40 minutos recorrer.
El pueblo de Saint-Michel es muy pequeño, se ve en un paseo rapidísimo que puedes alargar paseando por sus murallas. El motivo principal para ir es conocer la Abadía. Las entradas cuestan 16 euros y conviene adquirirlas online previamente. La visita a la Abadía por libre dura una hora aproximadamente. Las paradas más destacadas son la iglesia abacial, el claustro y la terraza oeste con sus vistas sobre la bahía de Saint-Michel.

Dimos otra vueltas rápida por el pueblo y tomamos un par de sidras a precio de oro, porque las estrechas calles están repletas de tiendas y bares, pero nada baratos. Por eso decidimos comer fuera del Monte. Nos subimos al bus de vuelta en el mismo punto de la pasarela donde nos habíamos bajado a la ida y regresamos al aparcamiento frente a la bahía. Allí hay también muchos restaurantes, nos habían recomendado uno de ellos: La Ferme Saint Michel.
Tienen varios menús cerrados con entrantes, platos principal y postre. Si tu objetivo es probar el famoso cordero local, criado comiendo la hierba que riega el agua salada de las mareas, debes elegir el de 49 euros. Obviamente no es un coste bajo, pero los platos eran ricos y muy bien presentados, así que compensa si quieres darte el capricho.
Dedicamos el resto de la tarde a pasear por las inmediaciones, jugar con Alaia y pastorear a un rebaño de ovejas que vivían en una granja en la misma calle donde nos alojábamos.
Pasamos la tercera jornada descubriendo las principales ciudades costeras próximas a Saint-Michel, aunque pertenecientes a Bretaña. Y la más popular es sin duda Saint-Malo, ciudad marinera por excelencia, situada en un estuario y donde se producen las mayores mareas de Europa. El mar le dio su riqueza, sus piratas corsarios le dieron su fama y la ciudad alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XII y XVIII. Su momento más bajo, por contra, fue durante la Segunda Guerra Mundial, con constantes bombardeos que acabaron con gran parte de su núcleo histórico. A pesar de ello, Saint-Malo fue reconstruido y muy bien reconstruido.
Las murallas y bastiones medievales que protegen la ciudad son lo primero visible de Saint-Malo. Para atravesarlas la opción más típica es la puerta de Saint-Vincent. Nada más cruzarla llegas a la Plaza de Chateaubriand, que recibe el nombre por el escritor romántico francés, originario de esta ciudad. Desde aquí puedes acceder al camino de ronda sobre la muralla, un paseo imperdible si visitas Saint-Malo y una forma diferente de admirar la ciudad. Son 1.754 metros de recorrido durante los cuales podrás ver las “casas corsarias”, las que pertenecían a los ricos de la época dorada de Saint-Malo.
El camino de ronda termina en la Grand-Porte y lo mejor es continuar con el otro paseo más típico de Saint-Malo: recorrer las calles de su pequeño centro histórico. La parada turística ineludible es la Catedral de Saint-Vincent, construida a lo largo de varios siglos entre el XII y el XVIII. Si te has quedado con ganas de más, no te pierdas nuestro artículo con mucha más información sobre Saint-Malo.

De Saint-Malo nos dirigimos a Cancale, el paraíso de las ostras. Es una ciudad bastante más bonita de lo que esperábamos y la Plaza de la Iglesia tiene su encanto. Pero no nos engañemos: si vas a Cancale, tienes que ir al puerto de la Houle en busca de los puestos y restaurantes con las ostras a mejor precio del mundo, entre 1 y 2 euros cada una. ¡Hasta los romanos sabían de la fama de las ostras de Cancale! Su sabor se debe a la riqueza del plancton de la Bahía del Monte Saint-Michel.
Cuando la marea está baja en la propia playa puedes ver los criaderos de ostras en enormes hileras. Para profundizar en el tema hay visitas turísticas en La Ferme Marine de Cancale. En el paseo de la playa hay decenas de restaurantes y terrazas, nosotros elegimos Au rocher de Cancale y comimos muy bien.

La ultima parada del día fue en Saint-Suliac, oficialmente parte de Les Plus Beaux Villages de France, organización equivalente a la de Pueblos Más Bonitos de España que conocemos mejor, aunque sí hemos visitado otros pueblos franceses de esa lista en nuestro viaje a La Provenza como Gordes o Roussillon.
Saint-Suliac es un pueblo marinero en el estuario del río Rance. Debes dejar el coche en alguno de los aparcamientos fuera del centro y seguir a pie. Merece mucho la pena ese paseo por sus estrechas calles que llaman “ruettes“ y entre las bonitas casas de granito adornadas con flores. Pasas por la Iglesia de Saint-Suliac, del siglo XIII, y terminas en la playa.
Saint-Suliac se ve rápidamente pero, si vas con más tiempo que nosotros, puedes tomar un sendero hacia el Monte Garrot, desde donde tendrás una vista panorámica del río Rance y de un antiguo campamento vikingo que se situó a las afueras del municipio.

De vuelta en Saint-Michel aprovechamos el día de sol para hacer fotos y despedirnos de las ovejas.
Nuestro avión salía de París a las 7 de la tarde y teníamos 4 horas en coche por medio para llegar desde Monte Saint-Michel. Salimos temprano por la mañana del alojamiento y paramos a medio camino para disfrutar de la última visita turística del viaje: Rouen, o Ruán, la capital de Normandía y testigo del juicio y ejecución de Juana de Arco.
Nos gustó mucho lo poco que pudimos ver de Rouen, nos quedamos con ganas de dedicarle más tiempo. Los lugares que visitamos:

¡Y éste fue el fin de nuestro road trip bretón – normando! Nos ha gustado muchísimo toda la zona, esperamos volver. Lo prometido de hecho es regresar cuando Alaia tenga 6 años y pueda comer las ostras de Cancale (niños menores de esa edad no deberían probarlas crudas).